“Bohemian Rapsody” tenía todo para ser una súper película…

Por Nicolás Poggi

Un grupo majestuoso, la ubicación temporal en los “dorados” ‘80 (a los que se está yendo una y otra vez) y un líder extraordinario con más de una vida en la misma vida. Sin embargo, más allá del amor que expresa por la figura de Freddie Mercury, la película “Bohemian Rapsody” acumula tantos tropiezos rítmicos y secuencias forzadas que termina limitada a una colección contundente de escenas musicales.

Eso sí: esas partes -las presentaciones de Queen- son emocionantes. Y Rami Malek consigue una interpretación genuina, extrovertida e íntima de esa fuerza imparable que fue Freddie Mercury.

¿Cuáles son los problemas? Que la película es un caos. Muchos diálogos son antinaturales, como si algunas situaciones se llevaran al extremo. La narrativa salta muy rápido por las distintas épocas, con diálogos fugases que buscan aclarar al espectador en qué etapa está. Una historia así, con algo tan grande por contar, hubiera demandado tres horas. O una estructura más orgánica.

También se resiente por el cambio de director (Bryan Singer fue despedido y no pudo terminar de rodar), lo que le quita homogeneidad al relato: lo demuestran escenas lisérgicas como la de la conferencia de prensa (que parece sacada de otra película), o los clips que operan como saltos temporales, en un intento por sacarse de encima, y rápidamente, las transiciones de época.

En el retrato personal, algunos conflictos (Freddie con su novia, Freddie con la banda) se quedan apenas en la insinuación. Tratándose de Queen, también le hubiera aportado aire a la película contar con una muestra más detallada de la elaboración de algunos discos, tan distintos entre sí y novedosos hasta el día de hoy.

Pero también hay aciertos. Mostrar a Freddie en soledad, con dudas (y miedo) sobre su salud, es uno. Y el mayor hallazgo, indiscutible a los fines del proyecto: exhibir casi completo el concierto del Live Aid en Wembley, donde Malek logra la fusión definitiva con Mercury y conmueve no sólo a los personajes secundarios sino al público en las salas. Es el artista sobre el piano tomando plena consciencia de la magnitud de su arte. Freddie no parecía humano, pero a la vez era el más humano de todos.