“El Potro, lo mejor del amor”: un hombre al límite

Por Nicolás Poggi

Los caminos de ambos ídolos son parecidos. Sus finales trágicos, también. Pero la directora Lorena Muñoz tomó nota de su anterior película y, esta vez, le dio más lugar a la música. Por eso, ahí donde “Gilda” se limitaba a un tono melancólico y cerrado, “El Potro” (Rodrigo)  se expande: es un retrato desbordado, apurado y sin concesiones.

Los puntos en común con “Gilda” están presentes desde las limitaciones del origen barrial hasta la marginalidad de las giras nocturnas, intercaladas con escenas de ensayos en las habitaciones de la casa familiar. Como si fueran dos caras de la misma moneda. Aunque, en este caso, la directora tuvo más puntos de vista a disposición para acercarse desde diferentes ángulos a ese fenómeno cultural que fue Rodrigo.

No hay matices en el retrato, que busca alejarse de una visión complaciente. Hay secuencias de orgías, consumo de drogas y violencia simbólica. En una escena, el protagonista parece el Joker: pelo verde, boca roja por los golpes y gritos desaforados en medio de una espiral de locura. La actuación de Rodrigo Romero es visceral y está bien balanceada con un Fernán Mirás que aporta humanidad ante la irrupción de lo salvaje.

Muñoz toma una buena decisión visual a la hora de mostrar el último contacto del ídolo con su público, y es apenas un gesto. También consigue una escena emocionante después del accidente fatal (en eso, también repite la estructura de su película anterior). En definitiva, todos los riesgos que toma la película parecen haber sido pensados con un único objetivo: mostrar a un hombre al límite.