Festival Mariposas de Madera: la historia del rock argentino tuvo su celebración

Con la presencia de Patricia Sosa, Ricardo Soulé, León Gieco, Víctor Heredia, Piero, María Rosa Yorio, Claudia Puyó, Héctor Starc, Kubero Díaz y Miguel Zavaleta, entre alrededor de 50 músicos, la historia del rock argentino tuvo su celebración en la segunda edición del Festival Mariposas de Madera.

Organizado por el periodista y escritor Miguel Grinberg, el maratónico encuentro, que se extendió durante unas seis horas y se desarrolló en el porteño Teatro Gran Rex, combinó pasajes de alto vuelo y otros en donde primó cierta improvisación, y demostró la gran variedad de estilos que enriquecieron al rock local.

Así como la primera edición tuvo como eje los primeros años del rock en el país, esta segunda parte pretendió abarcar el período comprendido entre 1973 y 1983, aunque el concepto quedó perdido con la incorporación de canciones que no fueron creadas precisamente en esos años.

El concierto tuvo homenajes a varias figuras de la escena nacional, en algunos casos de manera específica a partir de menciones o entregas de un galardón creado para la ocasión, y en otros de forma velada a través de la interpretación de piezas compuestas por los artistas tributados.

En el primer grupo pueden ubicarse Miguel Abuelo, no sólo con el nombre del festival sino también con la presencia de su hermana Norma Peralta y su hijo Gato Azul; Pajarito Zaguri, con un set de la Pesada del Blues; Oscar Moro, a través de su hijo Juanito; y Pappo, con su hijo Luciano Napolitano y Boff Serafine.

En este grupo también entraron Los Violadores, con una plaqueta entregada al baterista Sergio Gramática; Oscar Amante, con una actuación de sus compañeros de Oveja Negra, Aníbal Forcada y Willie Campins; y La Cofradìa de la Flor Solar, con Kubero Díaz e Isa Portugheis sobre el escenario.

En el segundo grupo, se inscribieron Luis Alberto Spinetta y Charly García, con la recreación de muchas de sus composiciones a lo largo de la noche; y grupos como La Máquina de Hacer Pájaros, a través de su ex bajista José Luis Fernández; El Reloj, con Eduardo Frezza y Osvaldo Zabala; Arco Iris, de la mano de Ara Toklatián; Vox Dei, en la figura de Soulé; y Crucis, con la banda tributo Nexus, entre otros.

Pero el reconocimiento a las figuras fundamentales del rock argentino se hizo extensivo a muchos de los asistentes que trabajaron con muchos grupos, como el caso de “Monitor” Rodríguez, o la fotógrafa Ada Moreno, responsable del arte de tapa del disco “Adiós Sui Generis”.

El gran desfile de artistas que pasaron por el escenario también tuvo a Bocón Frascino y Engranaje; Daniela Herrero; Rinaldo Rafanelli y Juan Rodríguez; Orions y Olaf Mangialavore.

La variedad estilística permitió que convivieran a lo largo del festival el rock sinfónico del potpourrí de La Máquina de Hacer Pájaros desplegado por José Luis Fernández o de Nexus; con los aires más modernos de Zavaleta; el carácter bucólico de Miguel Krochik; la canción de protesta de Víctor Heredia y Piero; el rock visceral de Engranaje; el más estilizado de Héctor Starc o el blues de Memphis, por citar algunos casos.

Del mismo modo, hubo pasajes de alto vuelo musical como el caso de los mencionados José Luis Fernández, Starc, Soulé y Zavaleta y, especialmente, Daniela Herrero junto a una orquesta de cuerdas dirigida por Julián Hermida, con sus interpretaciones de canciones de Spinetta y Charly.

Pese a las buenas intenciones de la propuesta, el encuentro tuvo dos puntos flojos que generaron algún momento de tedio, tal el caso de las demoras en los cambios de escenario y la presencia de un insufrible Tito Sueldo como maestro de ceremonias, que no sólo no aportó ningún dato interesante entre set y set, sino que provocó hastío con falta de gracia en su paradójico intento de mostrarse chistoso.

El cierre quedó en manos de Patricia Sosa y el recuerdo de La Torre, esa soberbia banda de hard rock que tenía la “rareza” de contar con una mujer como voz líder, en tiempos donde la deconstrucción no existía y aún sonaban los ecos de la feroz dictadura militar a la que el rock local, a su manera, intentó hacer frente.

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