“Say no more”: la ensoñación góspel de Kanye West

¿Cómo se sigue después de haber alcanzado el pico máximo de expresión artística, después de haber trascendido los límites de tu propio género y de haberte fundido en el acto puro de la creación? ¿Cómo se sigue después de haber completado el ciclo de tu obra de acuerdo al “lenguaje” y las formas de la industria y de haberte liberado incluso del propio sistema? ¿Cómo se sigue cuando tu música se convierte prácticamente en un género propio y alcanzaste el objetivo de haber puesto al arte en primer lugar, como un fin supremo y mayor que no necesita más explicaciones que las de su propia narrativa? Siguiendo.

Por Nicolás Poggi

Kanye West ya completó el circuito virtuoso de su discografía con las superproducciones que van de “Graduation” (2007) a “The Life of Pablo” (2016). Ya no es (sólo) un artista de hip hop. Tampoco un comentador de cuestiones políticas en los medios. No necesita esa interacción. Kanye West, que ya logró todo lo que cualquier aspirante a artista podría soñar, sólo puede hacer una cosa después de su consagración: seguir componiendo.

Por eso en 2018 editó dos discos cortos (“Ye” y “Kids See Ghosts”, con Kid Cudi), y este año volvió a sorprender con un álbum largo, “Jesus is King”, que lo coloca como una suerte de chamán evangélico que toca el piano para las masas en medio de una ensoñación góspel. La salida hacia Dios (que no es lo mismo que decir la salida “religiosa”) como antídoto ante la confusión universal.

Previsiblemente, el disco no es sólo de góspel, aunque ahí están sus mayores raíces. “Jesus is King” es una declaración de principios refrendada desde el minuto uno con un track que parece sacado de un servicio dominical. Pero “Selah”, el segundo tema (y la verdadera presentación del álbum), es una explosión gradual y arrogante con una percusión portentosa que funciona como el lado B de “Ultralight Beam”, aquella apertura majestuosa de “Life of Pablo”. “La gente está mintiendo, nosotros somos la verdad”, entona, como en un salmo. Hallelujah.

A mitad de los 90, cuando Charly García editaba sus discos estridentes y autodestructivos (el concepto filosófico de “Say No More”), el periodismo de rock encontró como justificación para el artista un supuesto adelantamiento en el tiempo que nunca llegó (esa música no se convirtió finalmente en la música del futuro). “Hoy nadie lo entiende, pero mañana será un visionario”, escribían las revistas culturales por toda respuesta.

Kanye West parece haber ingresado en un estado similar. Ya no pertenece a ningún género musical ni a ninguna comunidad; no tiene identidad política (no es demócrata como sus pares del hip hop, pero tampoco abiertamente republicano); hace los discos en su casa sin tener que ceder a las presiones del mercado; puede ser polémico con sus opiniones si así lo quiere y hasta prescindir de las redes sociales sólo para volver a ellas cuando lo necesita. El arte por encima de todo. El arte edificada como la verdadera (y única) voz del artista. Si con en el tiempo será un visionario, como se dijo sobre la etapa “Say No More”, está por verse.

Hoy “Jesus is King” refleja esta liberación. Kanye West se permite combinar máquinas de ritmo con un coro góspel (“Water”); deslizar una balada emotiva sobre una estructura de hip hop (“God is”); incluir un solo de saxo en medio de un ataque de rap (“Use this gospel”) y hasta samplear al Chango Farías Gómez (“Closed on Sunday”). Incluso se da el lujo de liquidar uno de los mejores temas del disco (el que tiene el mayor despliegue de instrumentos de viento) antes de que cumpla el minuto de duración (“Jesus is Lord”). Efímero como todo en esta era. “Usá este góspel para protegerte”, le pide a quien esté del otro lado.

Y como si con este disco no hubiera sido suficiente (dura sólo media hora), el artista ya anunció la salida de “Jesus is King Part II”. ¿Cómo se sigue? Siguiendo.