Stephen King y el rock: el quinto elemento

Por Nicolás Poggi

Igual que el cine, el rock fue siempre un elemento clave en la obra de Stephen King. Hay muchísimos libros suyos protagonizados por músicos o con una fuerte impronta musical. En «Revival» (2015), el narrador es un guitarrista de rock (un guitarrista rítmico). Y ahí está, en la cumbre de las de este estilo, «Cementerio de Animales» (1983), quizás la novela más rock & roll del autor.

Las historias de Stephen King exudan música en general (country, ese folklore yanqui) y rock en particular. Los temas que suenan en la radio o en vivo siempre se identifican. Pero como si la representación explícita de la música no fuera suficiente, a veces la respiración de los propios libros toma ese lugar. El mismo escritor tiene una banda de rock (Rock Bottom Remainders). Por eso, además de dickensiano, King es un autor rockero.

«Cementerio de animales» es una novela rocker no sólo por su genética punk (hay incluso citas directas de Los Ramones) sino por los golpes de locura y tragedia que descarga, como si toda la narración fuera una canción de rock: estrofa, estribillo, estallido y final abrupto. Y que el espacio vacante lo complete el lector.

Con esa misma estética, la historia fue trasladada al cine en 1989 en la película (ya de culto) de Mary Lambert, que adaptó la novela con el propio King como guionista. Para coronar la “declaración de principios” de aquel proyecto, el autor le encargó la banda de sonido a Los Ramones.

 

El resultado fue una canción potente y pegadiza, pero melancólica a la vez. «Pet Sematary», compuesta por Dee Dee Ramone, logró impregnarse y romper con la zona delimitada por el material de base (la película) para pasar a la lista contundente de los hits de época (fue incluida en el álbum “Brain Drain”, de Los Ramones,  también de 1989). El film se sirvió además de “Sheena is a punk rocker”, otro tema de la banda compuesto unos años antes.

Este año hubo una remake de «Cementerio de Animales«, dirigida por Kevin Kölsch y Dennis Widmyer, que no hizo más que resignificar lo valorable que tenía la primera. Por eso, olvidemos esta nueva versión bizarra y quedémonos con la vieja, que acumula varios problemas pero a la vez tiene vida propia, como un elemento salvaje que escapara a cualquier control y creciera con los años. «No quiero ser enterrado en un cementerio de animales, no quiero vivir mi vida de nuevo», cantan Los Ramones en «Pet Sematary». Y tienen razón. ¿Quién querría?